miércoles, 23 de enero de 2013

¿Lo largo o lo eterno?







Un relato ucrónico


En un presente imaginario. La Habana, enero de 2013

- ¿Qué es lo que ocurre, Ernesto? Andas muy pensativo últimamente. Te conozco bien, amigo; algo hierve por debajo de tu gorra. Dime. Te noto esquivo y huraño ¿Qué te inquieta?
- Sabía que me acabarías preguntando, viejo zorro. Nada se te escapa.
- Será mi sangre gallega
- No sé como contarte, como hacerme entender. No tengo tu oratoria, Fidel, lo sabes.
-Tú y yo casi nos entendemos con gestos, hombre. Dale.
- Verás, no sé por qué, será la vejez, de un tiempo a esta parte ando repasando mi vida, o nuestras vidas.De como hemos llegado hasta aquí, y si realmente fue esto lo que quisimos. Creo que, de alguna manera, me ando juzgando.
- Extiéndete más ¿Es arrepentimiento? No te sigo.
- No. No es eso; además, sería tarde ya. Pero siento la molesta sensación de la duda. Duda de la que, siendo sincero, tengo la respuesta. Intenta recordarnos hace cincuenta años, en Sierra Madre ¿Es esto lo que tú y yo soñamos? No; es más, sospecho que en este momento, si fuésemos jóvenes, lucharíamos contra un régimen como este, Fidel, contra nosotros mismos. Representamos aquello contra lo que un día combatimos.
-¿Estas chocheando, viejo? No, Ernesto, no.Haz memoria. Nosotros peleamos contra una dictadura corrupta; esto es diferente. Esto es Marxismo, amigo.
- Llámalo como quieras ¿Qué más da? Mira el resultado, lo demás son nombres, teorías, y cuentos. Poca diferencia hay del “patria o muerte” al “viva la patria”. Arengas para pueblos descontentos.
- Entonces ¿crees que todo esto ha sido en vano? ¿Todo este tiempo? ¿Tanto esfuerzo no ha servido para nada?
- Si. Ha servido para borrar ilusiones, para desandar lo andado. Para eso ha servido, amigo mío. Si al menos hubiese muerto…
- ¿Cómo dices?
- Me llamarás paranoico, pero sospecho que la CIA me dejo escapar premeditadamente de Bolivia. Jugo muy bien sus cartas. No querían un mártir. De haber muerto en sus manos, aún joven, en la plenitud de mi idealismo y cuando medio mundo nos tomaba de referencia, una cosa sí se habría salvado, dignificado, inmortalizado… ¡La revolución!
- Es duro esto que dices. Siempre fuiste exigente y reflexivo, con lo cual  autocrítico. Algo hay de razón en lo que piensas, pero…
- …pero nada, Fidel. Mira, Cristo murió joven, hace más de dos mil años, y en cambio, su ejemplo, o su lucha, sigue tan vigente hoy día como entonces, aunque algunos se aprovechen de ello. ¿Qué crees que significará la revolución cubana dentro de, ya no dos mil, sino doscientos años? Nada. Ni la sombra de un recuerdo.Un nombre en el papel, una fecha, y poco más. El enésimo fracaso de un sueño.
Pero si hubiese muerto en aquel momento, en “mi momento”, sería recordado como el “che”,  y no como Ernesto Guevara. Sería eterno.
- No me seas vanidoso.
- No es vanidad, Fidel…es que fui  un ejemplo y me convertí en realidad.  Gris y decadente realidad. No era yo, sino lo que yo representaba.  Debí morir de pie, no encorvado. La revolución era el sueño. El sueño despertado. Ganó la realidad.





domingo, 30 de diciembre de 2012

El ruido de los corderos






                      



                         Se acerca esa noche en la cual el hombre rinde pleitesía al mayor enemigo de su libertad, y que paradójicamente él mismo creó. El reloj.

 La imagen recordará, inevitablemente, a las multitudes Hitlerianas que enfervorizadas esperaban las palabras del führer, no muchos años atrás.

Esta vez los uniformes son distintos. Será el disfraz de lo alegre el que se imponga, y las filas de gente han de ser aparentemente anárquicas. Risa forzada, alcohol y voces. Desorden ordenado por los medios, por el sistema y por ese consumismo programado y desmedido de la fecha obligada. La insolente felicidad desatada por el  bienestar ficticio de unos muchos contrastará drásticamente con la humillante precariedad de los menos.
  
A media noche, todos mirarán obnubilados a ese gran hermano con agujas, esperando unos metálicos sonidos que den comienzo a los doce segundos más fascistas del año, en el que todos, sin rechistar y complacidos, harán lo mismo. Comer uvas, en ordinario y patético  símbolo de sumisión.

Al finalizar, gritos de júbilo histérico y fingido pronunciaran, al unísono, la gran mentira; ¡Año nuevo, vida nueva!


No obstante, feliz año nuevo.





sábado, 8 de diciembre de 2012

Jornada confusa










                           Suena, impertinente como siempre, esa repelente maquina de romper sueños que alguien, en un arrebato de originalidad, bautizó cierto día como despertador.

Abro los ojos con esfuerzo; después la boca, emitiendo un sonoro gruñido parecido a un bostezo. Más que un bostezo, pienso mientras trato de rascar esa zona inalcanzable de la espalda que siempre pica, es una especie de suspiro ahogado; un suspiro producido por la angustia de saberse, de nuevo, en el mundo real, en el que duele.


Huelo a café. Una efímera ilusión de que mi mujer haya preparado el desayuno desaparece al recordar, aún en mi resaca, que hace semanas me dejó. Sin duda el olor procede de otro piso más feliz que el mío. Miro el reloj. Faltan un par de horas para que amanezca. Hora de levantarse.
Despacio, a desgana, me visto por inercia; algo que, como conducir, hago de memoria, o lo que queda de ésta.
Una pasada rápida por el baño; lo justo para mear mientras mi tos despierta a algún vecino, mojar con abundante agua cuello y cara, y pasarme un peine por el pelo. Café de ayer recalentado en microondas, y a la calle.


El camino al metro es una perezosa sucesión de imágenes revividas a diario durante años. Nada es nuevo; apenas la cara de algún despistado buscando un bar abierto o las más que previsibles inclemencias meteorológicas tratan, sin éxito, de romper en parte la monotonía del trayecto.

Una vez en el vagón, más de lo mismo. La gorda del abrigo azul con sus constantes e inquebrantables esfuerzos en lograr un asiento libre; la chica de las gafas que jamás me ha dedicado una mirada, pese a mis intentos; el joven- o ya no tanto- de los auriculares que siempre se duerme,; el avinagrado tipo de los codazos. Gente con la que, echando cuentas, he pasado bastante más tiempo que con muchos amigos o familiares con los que me puedo sentar a cenar en navidad o a jugar un mus mientras nos contamos nuestras tristes, o rutinarias, que es peor, vidas.

Llegamos por fin a mi parada. Bajo, y sin mirar, voy preparando un cigarrillo. La primera calada de tabaco, además de ser el mejor expectorante que conozco, tiene la discutible virtud de recordarle a mi paladar el sabor, e incluso la cantidad aproximada- siempre mucha- del licor consumido ayer. A veces simple cerveza, otras vino; las más, últimamente, whisky sólo.

Tras dos manzanas llego a la puerta de la fábrica. De pronto, paro en seco; noto un repentino frío que recorre mi espalda y un agudo dolor en la cabeza. Tiro el cigarro y levanto los ojos del suelo. Fijo la vista en el portón de entrada; está cerrado. Después veo al portero, que extrañado y un tanto compasivo me mira. Hago un esfuerzo y recuerdo aquello que insisto en olvidar. La realidad aparece, como siempre, y me fuerza la pregunta:

¿Pero que coño hago aquí otra vez? ¡Estúpido parado!... la fabrica cerró hace más de un mes, joder.


jueves, 22 de noviembre de 2012

Moléculas






   




                    Cierra los ojos, será mejor. Crees que me conoces, y yo a ti, mas nos equivocamos. Nada hasta ahora ha sido igual y nada volverá a serlo.
Tan sólo somos dos diminutos humanos ante un beso; nada más.
Son tan irrelevantes nuestros rostros, nuestras vidas y nuestros mismísimos conceptos comparados con un beso, que nuestra difusa existencia, considerada como El Todo, se eclipsa por completo en un mágico minuto, donde el hecho supera al hombre de la misma manera en que el arte supera al artista.

¿Quiénes somos nosotros comparados con el beso que nos damos? Improvisados actores de la vida misma, esa que paladeamos cuando la parte más húmeda de nuestros cuerpos se rozan, se juntan y se prueban con cadencia y temblor. Y es él, y solo él, el beso, quien dirá lo que nos une y nos elegirá un futuro. Amor, pasión, deseo; quizás cariño. Es allí, en la infinita profundidad del beso, donde el único acto físico del alma fluye, y con ello, veremos más allá de nuestros labios; perderemos por un instante milagroso nuestra tan necesaria como desmedida vanidad y nuestro molesto egoísmo humano. Seremos, no lo dudes, puros y honestos, conscientes de nuestra minúscula importancia y nuestra efímera bondad.

Creo, pues aún no he llegado a ello, que un beso convencido es, con la muerte, el acto más sincero de la vida; dos momentos cortos pero intensos, en los que somos personajes de algo más, de un bello conjunto en el cual participamos y en el que, por terca y pretenciosa ignorancia, creemos nuestro.

Pero ven, prueba, y al terminar veremos. Quizás podamos intuir nuestro destino.

- Pero… ¿no era esto un relato?

- No. Tan sólo un beso.



viernes, 2 de noviembre de 2012

El paseo y la tregua








                                La guerra vino a interrumpir su plácida vejez, su tranquila retirada de la vida, pero como Don Eusebio le dijo a su hijo cuando este intentaba convencerle de emigrar a tiempo: “Hijo, si he sobrevivido a la paz ¿por qué iba a temer la guerra?”

El conflicto se cebó con especial crudeza en su ciudad; la capital. Aún hoy, después de un año de asedio, se pelea calle por calle, esquina por esquina; a diario cada rincón es una batalla sin cuartel, y la lucha, cuando el campo de batalla es territorio civil ,se vuelve en extremo dramática, con el agónico componente de lo reducido del terreno, de la falta de espacio, cuando lo que el miedo pide es correr. Los disparos y esos terribles gritos sordos de la muerte forman parte ya de lo cotidiano, del sonido rutinario de la urbe, del mismo modo que antaño lo fueron los motores de los coches o la voz del chatarrero.

Eusebio recuerda todo aquello; otros tiempos, otros ruidos. Otros paisajes menos grises, quizás. En cambio, el brazo que sostiene firme y dulcemente sigue siendo el mismo. Allí sigue a su lado, con la misma cadencia en el andar y esa serena elegancia en su mirar que un día, lejano ya, le enamoró. La memoria de su esposa ha sufrido serios baches con la edad, pero él esta a su lado para no permitir que perezcan sus recuerdos; cuesta mucho conseguirlos como para dejar que se borren de repente.

Todos los domingos, desde antes incluso de casarse, siendo novios aún, a Eusebio y su mujer les ha gustado pasear por el bulevar de la avenida del céntrico barrio donde viven. Una manera como otra de llenar de cierta paz mente y alma; un baño de aire que atenúe los problemas, al igual que otros buscan la iglesia, el bar o la petanca.

Este día luce un sol espléndido, y tras ayudar a peinar y vestir a su señora, Eusebio hace lo propio y sale dispuesto a dar su paseo dominical. Apenas ha atendido a los pocos vecinos que aún le quedan y que, atemorizados, dicen que cuidado, que la avenida es ahora zona de fuego. Ambas tropas disputan desde ventanas y tejados la gran calle, intentando ganar casa por casa la posición. Eusebio agradece cortésmente las advertencias, pero continúa en aquella dirección que tan bien conoce; casi sabría llegar con los ojos vendados.

Una vez allí, en la glorieta donde nace su calle favorita, se detiene unos minutos y observa pensativo. Al poco, toma una gran bocanada de aire, enciende un cigarrito puro, y le dice a su mujer, ya más relajado, que no se asuste por los disparos, que ya cesarán.    Y  así comienzan, una vez más, a pisar las grandes losas blancas de su tan conocida acera.

Como si de una aparición divina se tratase, los tiradores, atónitos, bajan los fusiles a su paso. Aquella pareja de ancianos parece un espejismo en medio del horror, una señal de vida que detiene a su paso la masacre. La única imagen realmente viva que han visto en todo un año de contienda.
Nadie dispara, incluso un soldado que apoyaba su fusil en el hombro para apuntar recibió un contundente puñetazo de su propio compañero.

Media hora de pausa, de luz, de aire ¿de esperanza? Quizás.

Don Eusebio observa a su mujer. Está algo fatigada ya, se lo nota, y aún queda cierto trecho para llegar a casa. Ambos deciden concluir su paseo y emprenden el regreso.

Al llegar a su portal, una asustada vecina les pregunta, visiblemente inquieta:

- ¡Pero Don Eusebio, como se le ocurre! ¿Pero no tiene usted miedo, hombre de Dios?
Don Eusebio arquea las cejas y sonríe al responder:

- ¿Miedo? Miedo me da la casa, mujer. Imagínese que nos cae una bomba encima ¡Que espanto!





domingo, 14 de octubre de 2012

Cosas de la vida




La barra de un bar, dos tipos, un par de copas, una charla:

-Y ahora, ¿qué piensas hacer?

- Aún no estoy seguro amigo, pero algo gordo, muy gordo. Ya te contaré.

- ¿Cómo de gordo?

- Pues algo que si sale bien me dé mucha gallina, y sino que me caiga una condena que te cagas. Estoy cansado, colega; me quiero retirar, fuera o dentro; eso ya me da igual.

-Entiendo La vida cansa, socio… la vida cansa.

-  ¿Qué si cansa? Escucha esto, verás; Hace tiempo yo era un tío normal; ya sabes, buen curro, casa, coche y esas cosa .Vivía solo, pero la soledad tiene doble filo. Es muy puñetera a veces, y te confunde. Te crees que te has enamorado cuando lo único que buscas es compañía, y así pasó. Conocí una chica maja; legal. Me sentía de puta madre con ella. Tenía un hijo, adolescente ya, pero yo estaba  muy encoñao y eso ni me importó. Me los lleve a vivir a los dos conmigo, y ahí empezó todo.

Desde el principio fue un puto caos; yo intentaba hacer una familia, pero el chico ya andaba muy torcido. Tenía mucha calle, mucha tontería y mucho mimito, hasta que un buen día me cansé y le partí la boca. Se puso a insultar a su madre a gritos y le tuve que meter un guantazo en los morros, con la mala suerte que acabó sangrando. Para que quieres más; denuncia al canto y aún encima la vieja va y testifica en mi contra; por el dichoso amor de madre y esas mierdas, supongo. Total, que maltrato a un menor y violencia domestica; tal y como están las leyes para que te voy a contar. Una multa de la hostia, un año de cárcel y alejamiento indefinido. Cumplí tres meses de trullo, y después de eso ponte a buscar trabajo; ni de coña. La jodida multa me dejó sin un pavo, y para colmo la orden de alejamiento, que me remató, pues aunque el piso estaba a mi nombre quienes vivían allí eran ellos, y pon a un menor en la calle hoy día; imposible, y menos aún sin pasta para abogados. Así empezó mi nueva vida, tío, la que llevo ahora. De palo en palo y de celda en celda, ya ves.

- Joder macho, que putada ¿Y volviste a saber de ellos?

- Si, algo oí. El capullo ese se fue metiendo en rollos cada vez más feos. Un día que andaba de mono se cargó a su vieja. Ahora estará en alguna cárcel por ahí; a saber.

- La hostia puta…cría cuervos, colega. De saber eso haberle matado tú ¿no?  Así ya tendrías una condena larga, y la tía se habría salvado. Al fin y al cabo era inocente.

- ¿…Inocente? ¡Ya! Inocente mis cojones.




jueves, 31 de mayo de 2012

Instinto y premonición







                       Agarrado al volante del coche, sin más paisaje que el auto que me precede, observo, intentando mantener la poca calma que me queda. Empiezo a sudar. No es el calor, tengo el aire acondicionado puesto, con su monótono run-run. Es la angustia. La angustia de la insoportable quietud. Llevamos parados mucho tiempo, avanzando cada diez minutos poco más de tres metros. El atasco parece no tener fin.

Mis nervios flojean, dejando paso al inevitable instinto. Éste me empuja a salir.
Como en una ciega reacción temperamental, sin pensar, con la adrenalina a flor de piel, bajo del coche y me subo  a su techo. Oteo el horizonte y no veo más que una inerte masa de vehículos encendidos, parados, expectantes; prácticamente moribundos.

Esta nueva óptica me empuja a caminar. Lo hago sobre los coches, saltando de techo a capó y de capó a techo, rápido y hacia delante. Mientras avanzo, los demás conductores me insultan y me gritan. No es por pisar sus coches. No, eso es la excusa. En realidad me insultan por avanzar, por salirme de la norma del atasco. Tampoco yo camino por desesperación, ni por agobio. Eso fue al principio, en las primeras zancadas. Ahora que llevo un buen trecho recorrido es la curiosidad la que me mueve.

Me llama la atención que bajo mis pies dejo atrás todo tipo de vehículos. Viejos, lujosos, familiares, deportivos; pero todos tienen algo en común; están parados.En un atasco, como en la muerte, todos somos iguales.

Al fondo, algo empieza a cambiar. Una inmensa y densa niebla me impide ver más allá.
Despacio, muy despacio, continúo. No veo absolutamente nada. Oigo ruido de golpes, y algún lejano grito que se pierde. Paro en seco y me agacho, agudizando mi vista al máximo. Lo que descubro me petrifica. Muy cerca de mi esta el final del atasco, y el motivo de éste.
Un gran cráter de varios kilómetros de profundidad se abre en la tierra, y por él van cayendo, inevitablemente, todos los coches que despacio y a ciegas se acercan. Sin tiempo para ver, ni para pensar; tan solo para gritar.