martes, 29 de noviembre de 2011

El barro selectivo






                              Miradme bien ¿soy una más? No lo parezco, lo sé, pero aquí estoy,  llevando mi vida a cuestas, como todo hijo de vecino. No siempre salen las cosas como uno quiere. Los sueños de juventud se esfuman con el tiempo. Las ilusiones dejan paso a las decepciones, y al final todo pasa, todo; solamente quedas tú, como destino y como final. Las parejas dejan de serlo de repente, sin aviso previo; los hijos se van, como nos fuimos todos, y la soledad, esa que siempre te acompañó, se manifiesta de pronto como única verdad.



Ahora, aquí sentada en un rincón, veo la triste realidad. Ese tipo que está frente a mi la representa; Tiene mi edad, está rodado. Canas y arrugas le presumen madurez, las mismas que en mí denotan cansancio, y quizás descuido. Los fracasos se reflejan en sus ojos, si se sabe ver, aunque luzca una sonrisa forzada y perenne. Para la gente, es un tipo interesante, con pasado y experiencia. Yo, en cambio, soy una acabada. Cuando él habla, todos escuchan atentos esperando el chiste, la queja o la frase supuestamente sabia. Si hablo yo, las miradas me esquivan, y a lo sumo, obtengo un condescendiente gesto de amable lastima. Incluso me atrevería a decir que alguna chica le observa con interés. Los chicos, en mí, ven lo que jamás quisieran ver en sus madres.


¿Igualdad? ¡Ya! dejadme que me ría; prefiero llorar en casa. Aquí, en el mundo real, yo os la cuento. Aunque somos iguales, para la gente él es el rey del bar; servidora, una triste borracha.



jueves, 6 de octubre de 2011

Una pareja más





                “Hasta que la muerte nos separe”; me dijo, sin escucharme, sin atender mis quejas y por favores. No era una boda. No. Fue algo más. Una unión total. Un compromiso de mirada honesta y cariñosa; de autentico querer, y de valiente locura. Una solemne promesa sellada con papel de plata y heroína.


Habíamos crecido a la par. Vecinos de bloque, amigos desde niños, y después, adolescentes, llegó el resto. Mi primera novia. Mi única novia. Siempre juntos, sin secretos, confidentes y amantes a la vez. Precioso comienzo de vida, pero ésta, como todos sabéis, nunca es perfecta.


De muy chaval, lo que hace ser de barrio humilde, conocí con mis colegas ciertas cosas que maldigo el día en que me las presentaron. Las risas y juergas iniciales, pronto pasaron a ser un peligroso juego. Lo que empezó siendo esporádico, terminó en costumbre, y de ésta, en dependencia. Si, sabéis de lo que hablo ¿motivos? Y yo que sé; no los conozco, o quizás ni existen. Lo que si sé, son las consecuencias. El vacío, el día a día, el sufrir y el no dormir, el sentirte incapaz de mirar de lejos y apagarte poco a poco en tú presente.


¿Cómo iba yo a darle eso a mi novia? Mejor morir que meterla en esa mierda en la cual se había convertido mi vida en apenas dos años. Opte por dejarla, por tragar lagrimas y decirle “se acabó, ya no te quiero”, pero ella, obstinada e intuitiva, supo de mi problema, y trató de ayudarme. No pudo, claro. Nadie puede, salvo uno mismo, y yo soy débil, muy débil.


Dejé de verla. Cambié de casa y me fui del barrio, pero no sirvió de nada. Tanto me quería, Dios ¿Cómo se puede querer tanto?... siendo joven, ingenuo y bueno, claro, como ella. A los dos meses se presentó en mi nueva casa, si es que aquello se le podía llamar así. Casi muero cuando la vi. Allí estaba, bajo el dintel de la puerta, pálida como la cera, con esas tan conocidas ojeras azules y con las diminutas pupilas de yonqui que fijamente me miraban, mientras decía “ahora ya no tendrás motivo para dejarme. Soy como tú, cariño”.


Y ya veis. Pasó la vida ¿vida? No, digamos tiempo. Parece mentira, cómo cambian las cosas. Actualmente, es capaz de matarme por medio gramo.





miércoles, 13 de abril de 2011

Estertor




                    Llegado a éste punto, es sencillo. Rebosa el vaso de la angustia cuando se baja el último escalón de las desgracias. Ella te dejó. Se fue cansando de tu autodestructiva manera de encajar los problemas, y se niega a acompañarte más en tus desdichas. Ahora, sólo en tu caos, apenas ves una salida; quizás la única que existe. Un adiós a todo.


Sentado en el sofá apuras a grandes tragos una botella de ponche, entre cigarro y cigarro. De fondo, suena ese disco que tanto te recuerda a ella, que tantas veces escuchasteis juntos, tras hacer el amor. Lágrimas, nicotina y ese amargo sabor en la garganta que dejó el cóctel que acabas de tomar. Si. Dos tubos de valium deben bastar para finiquitar tu vida, y mezclados con ponche, que no es capricho, ni siquiera tu bebida favorita, más aún. El alcohol transporta veloz cualquier sustancia, y el azúcar retiene bien los líquidos. Así, el veneno no se suda. Cierto; en lo que duró ese trago reuniste todo el valor que te faltó en la vida para abrazarte antes de tiempo con la muerte. Paradójico, humano, y triste.


El tiempo, caprichoso, parece eterno cuando se sufre. Los escasos minutos que te separan de la parca se vuelven infinitos. Tus ojos se cierran de cansancio, mientras los brazos comienzan a pesar. De pronto, oyes una llave. ¿Qué ocurre? La puerta de la calle se abre y… ¡Es ella! ¡Ha vuelto!

Parada bajo el dintel, sus ojos azules se clavan en los tuyos, quieres hablarle, pero la droga te lo impide. ¿Como decirle que se apure, que te mueres, que apenas queda vida en tu cuerpo? Ahora el tiempo corre, el muy cabrón.

La ves que se adentra para coger algo de la cómoda. Es una agenda. Te la enseña sin acercarse, mientras dice, con el tono seco y la mirada dura, casi de desprecio:

- Se me había olvidado esta libreta. Adiós. Sigue con tus borracheras.

Tras el portazo, se cierran también tus pulmones y tus ojos, mientras se abre tu boca, ya muerta, sin hablar. Hasta tu último aliento ha sido una tortura. Pobre desgraciado.

martes, 22 de marzo de 2011

Cambio de vida




                                 Mario López está desubicado; torpe, incluso. Lo que puede cambiar la vida de un hombre en tan poco tiempo, con tan solo una noticia inesperada

.
 Ahora, tras muchos años a la carrera, los días parecen detenerse y se pausan. Descubre, con agradable sorpresa, que su hijo es algo más que una obligación a la que vestir, llevar al colegio y acostar con el latido de un reloj. No; también  piensa, siente y necesita. Charlar con un niño es agradable, siempre se aprende, y por encima de todo, une.

Esa paciencia que jamás pudo tener, comienza a gustarle, ahora que el tiempo se limita  a la luz del sol, y las horas solo las marcan la comida y el cansancio.

Volver a disfrutar de esos placeres cotidianos, como levantarse al olor del café recién hecho y pan tostado. Leer la prensa en el desayuno para después organizar el día en función de aquellas viejas aficiones aparcadas tanto trecho. Escuchar, que no oír, música, mientras dibuja o escribe alguna cosa. Preparar la comida a la par que se toma un aperitivo de vermú y aceituna, y sorprender a su mujer, que de vuelta del trabajo, alaba la deliciosa tortilla bien mimada en la sartén a fuego lento.


Tras la siesta, un paseo con su esposa por el bulevar, gozando del roce de su mano y el andar medido. Ya en la terraza, charlando con un café, observar de nuevo el color y brillo de sus ojos, y, ¿Por qué no? Volver a enamorarse.


Solo una ansiedad carcome el bienestar de su calma. Tiene que encontrar trabajo, antes de agotar el finiquito. Y es que el tiempo no tiene precio, pero es tan caro…

martes, 1 de marzo de 2011

Volver a empezar






                                 El pequeño Jose se columpia, desganado, con la mirada triste y perdida en algún lugar de su recuerdo; esa mirada que le queda a un niño de ocho años que ha perdido a su madre hace apenas un mes, en un trágico accidente. Frente a él, sentados en un banco del parque, conversan en voz baja su padre biológico y su padrastro.


- ¿Cómo lo vas llevando, Jaime?


- Supongo que aún no lo se. Estoy vacío, no se explicarte.


- ¿Jode perderla, verdad? Yo ya pase por eso, acuérdate.


- No es el momento de ser sarcástico, Luís. No tiene gracia.


- Perdona. Es cierto, ha sido un comentario de mal gusto; creo que yo tampoco he superado ciertas cosas, ni confío en hacerlo ya. Pero lo que importa ahora es él.


Los dos hombres miran al niño. El los quiere a ambos, pero algo no encaja en su puzzle emocional. La custodia legal pertenece ahora a su padre, al que adora, pero extraña a Javier y le reclama a todas horas. Han vivido juntos muchos años, y él es un hombre bueno y cariñoso. Además, la ausencia de su madre necesita de un refuerzo afectivo que no encuentra. Sus padres lo saben. En parte por eso están hablando, intentando dejar a un lado diferencias.


- No se que decirte, Luís. Tienes razón, para bien o para mal nosotros ya estamos criados, y el tiempo dirá, pero el chico no, y lo quiero como a un hijo, tú lo sabes.


- De eso no tengo duda, Jaime; como tampoco la tengo de lo que él te ama. Lo conozco bien, y aunque está bien conmigo, se que te busca, y yo eso no se lo puedo dar. No soy tú, y no puedo llenar tú hueco.


- Comprendo, pero de estar conmigo le pasaría lo mismo, solo que a la inversa.

Luís duda por un momento antes de responder; cuando continua, lo hace con cierta vergüenza mal disimulada, levantando un poco el tono y quebrándosele la voz.

- Mira, he estado pensando que, quizás, de tenernos a los dos, esa misma alegría de ver como nos unimos para atenderle, podría ayudarle a superar lo de su madre. No se, es una idea.

- ¿Que insinúas?- dice Jaime, sorprendido.

- Que mi casa es grande, y cabemos todos.

Jaime le observa, atónito, pero no dice nada. Sabe, en su sorpresa, que la propuesta no es tan descabellada. Luís continúa.

- Incluso a ti no te vendría mal un poco de compañía por una temporada. Después ya se vera ¿No?

Los dos se miran fijamente. Hay un silencio hondo, casi místico. Después observan al chico. Luís se levanta.
- Anda, vamos a tomarnos una caña. ¡Josito! vámonos.

 Según caminan calle arriba, Jaime enciende un cigarrillo. Con media sonrisa en la boca y las manos en los bolsillos de su zamarra, pregunta.

- Oye, Luís ¿te acuerdas de la frase final de “Casablanca”?

- Eh…si ¿Por?

- Pues eso.




martes, 22 de febrero de 2011

Marta y su mirada




                   - “…Según te veo, así, a media distancia, me derrito. Como quisiera saber que esconde tu boca, detrás de esas palabras que no escucho. Te busco los ojos, y apenas se cruzan con los míos, los distraes en otra cosa ¿será timidez o rechazo? Yo sigo, resbalando mi mirada por tu cuello, blanco y liso, que con la aparente inocencia de un cuchillo, me obliga a bucear imaginario por debajo de tu blusa…ah, entonces descubro a la mujer. Mis pensamientos se convierten en deseos y me pierdo en el placer que no consigo, es decir, pasión.

Como quisiera atreverme a dar el paso, cruzar esa línea imaginaria que mi moral y mi vergüenza, incómodamente realista, marca. La edad. Esos quince años que nos deben separar me frenan, como frenan mis sueños y mi hombría. Se que no me atreveré, o si, no se, quizás si tu mirada me invitase…”


Los ojos de la señorita Marta miran fijamente al muchacho, cuando le habla;


- Raúl…por favor, atiende lo que estoy explicando, que siempre estas en las nubes, hombre, y mañana hay examen, no te olvides.


miércoles, 16 de febrero de 2011

El cigarro y el mar


                          


                                Algo había en ese hombre que reclamaba mi atención, por encima de su más que pintoresca apariencia. Cada mañana coincidíamos en el paseo marítimo de esa pequeña ciudad gallega.

                                     Me gusta fumar mirando al mar; casi diría que más que gustarme, lo necesito.
Es un cúmulo de sensaciones que me relajan y en las cuales, quizás, alcanzo mi ohm.
Ese olor a vida, el sonido melódico del oleaje, la visión de ésa línea infinita que separa cielo y océano, me hacen sentir muy dentro del sueño, pensar en profundo; respirar futuros y espirar pasados.


                      Él también estaba allí bien pronto, con los ojos besando el horizonte y fumando, como yo. Nos conocíamos de vista, aunque nunca habíamos hablado. Su concentración, casi mística, marcaba la barrera. Rostro curtido, pelo blanco, casi de plata, y barba espesa. No podía negar que había navegado a menudo. Tenía esa piel de marino, tan peculiar, dura y suave a la vez, y del color del tabaco rubio que fumaba.


Antes de acudir a mi metódica y silenciosa meditación marina, tenía por costumbre tomarme un café, pues no soy persona sin él a esas horas. Aquel día, mi bar habitual había cerrado, con lo que entre en el local vecino. Allí estaba mi compañero de mirada y humo, tomándose un orujo.


- Buenos días. Póngame un café solo,y sírvale otra copa al caballero, por favor.


El hombre agradeció con un gesto. De un trago terminó la nueva copa, inclinándose hacia atrás para beberla, como quien tiene prisa, y al unísono acabé mi café, con lo que salimos juntos.

Me gustaba ése tipo. Solo hablaba si era necesario, y en ese momento nada había que decir. Ambos sabíamos sobradamente donde íbamos, y a qué, con lo que caminamos calle abajo juntos, en silencio.
Al llegar al puerto, nos acomodamos en la barandilla, y aunque respeté cierta distancia, me mantuve un poco más cercano a él que lo habitual.


- Ama usted el mar, ¿verdad? - me aventure a decir.


Él, sin mover los ojos, casi sin pestañear, me respondió con la firmeza que solo un hombre seguro de lo que dice posee.


- No.Lo odio con toda mi alma


Dicho esto, procedió a efectuar esa manía que tanta curiosidad había despertado en mi, hacia tiempo. Saco dos cigarrillos, y como siempre, primero encendió uno, que arrojo al mar, para seguidamente prender el otro y fumarlo, tranquilo y pensativo.

- ¿Tanto odia usted el mar que lo invita a fumar para que muera antes? - Pregunte, irónico.

Fue entonces cuando me miró, lento y profundo, como su voz.

- No es para el mar, amigo, es para mi hijo. El mar me lo arrebató cuando faenaba en su barca, y no me lo ha devuelto. Por eso vengo todos los días, desde hace años, a fumar con él…

Sus ojos se llenaron de brillo; los míos, de vergüenza. Y así, terminamos de fumar, en silencio. Después nos fuimos juntos, a brindar con un vino por su chico, y por su lecho.